Palabras de Ivabelle Arroyo en la presentación del Triviario

 

Cuando Alberto me pidió presentar este libro, me metió en un dilema: mis días, como los de los demás, sólo son de 24 horas y no parecía que fueran a ampliarse esta semana. Pero no me atreví a decirle que no. Me dieron muchísimas ganas, ya tenía el antecedente del Triviario anterior y no pude resistirme.

Pero fue un error. Al Triviario le voy a destinar muchas más horas de las que tenía pensadas. Aunque llegué hasta la última página, no lo acabé de leer y todo indica que no voy a acabar nunca, porque este libro no es un libro normal. Es un libro infinito. Un libro infinito construido de brevedades.

Me explico contándoles, para empezar, que el Triviario está formado por pequeños textos, en su mayoría anecdóticos, sobre la vida tapatía desde la prehistoria hasta el siglo 20.  

 

-Ejemplo- Abrir al azar.

 

No tienen orden ni concierto ni un estilo uniforme. Como ya se dieron cuenta, hay decenas autores. No hay eje temático. Pasan de microbiografías del espectáculo en el 19 a leyendas incomprobables sobre la historia en el 16. Describen la comida más vieja y los dichos más extraños y las costumbres más sabidas y los datos más sorprendentes. Que si los ojos tapatíos pueden tener su origen en la sangre africana, que si la mitad de la ciudad tiene la firma del arquitecto Aldana, que si 104 burros –sin incluir a los gobernantes en turno- demostraron la solidez del puente de Arcediano… Cada golosina que sueltan es más interesante que la otra, pero sin ningún reparo cruzan calles con serpentinas, juntan chismes con guacamole, alemanes con pan pirata, misterios de las alimañas religiosas con garantías etílicas, siglo 16 con los años 40…

Eso provoca ansiedad. Como los temas no tienen secuencia y la edición es una especie de zapping intelectual, no hay espacio para la entrega completa. El lector no puede hundirse y dejarse llevar de la mano por una historia, un argumento, un orden. Olvídense de sentarse a leer en un sillón con una copa de vino. Saquen pluma y tablets, tengan a la mano la enciclopedia británica, Wikipedia, Google y el número telefónico de su amigo más erudito, porque esto pide una lectura activa.

El Triviario es un piquete permanente a la curiosidad, una demostración sorprendente de lo equivocado que estuvo el filósofo griego Sócrates al demonizar la palabra escrita y por consiguiente, los libros. Para él no había peor atentado a la agilidad intelectual que la rigidización del conocimiento en el papel. Y arremetía con furia: comparaba los libros con la conversación y estos salían perdiendo: descontextualizan la información, pero lo peor, decía Sócrates mientras caminaba con parsimonia por Atenas –esto lo sabemos, gracias a los libros- es que la palabra escrita emite el mensaje en una sola dirección: el lector no interviene, por lo tanto, no hay un ejercicio dialéctico y por lo tanto, no avanza. La conversación en cambio, incluye al sujeto, su tiempo, lo que sabe, lo que en ese momento le preocupa y eso lo lanza contra su interlocutor y entre ambos construyen las ideas.

Es una pena que el filósofo griego no haya vivido para ver el Triviario: yo afirmo que este es un ejercicio notable de conversación permanente y deconstrucción infinita.

Les voy a poner un ejemplo. Cualquiera sirve, tengo 761  de ellos, pero voy a uno de los primeros. Me encuentro con la historia de la Central Camionera, la vieja, en la pluma de la querida y muy admirada Angélica Iñíguez. Afirma que la formaron un grupo de jaliscienses idos y vueltos del norte, a los que les decían Surumatos, pero no explica por qué. Lo suelta así, sin inquietarse, como en la sobremesa, como de paso en la sala durante un cóctel. Nos cuenta la breve historia, alguien le pregunta por qué les decían así, ella responde-escribe que no se conoce la razón de ese apodo y se va a servir otra copa.

Y claro, nos deja a todos inquietos. En la sala que ya se formó en la mente del lector alguien empieza a decir, yo ya había escuchado ese sobrenombre. Y alguien va y le pregunta a Álvaro González, que tiene un texto fuera del Triviario en el que también menciona a los surumatos, pero tampoco lo define. Y luego salta alguien más, ahora sí dentro del Triviario y abona a los datos de la creación de la Central Camionera, y cuenta más sobre el estadio que fue y los cuerpos enterrados. Pero a uno se le queda lo de los surumatos, y se regresa. Y a sacar libros, y a buscar en la red. Y a preguntarle a unos amigos gringos que escriben sobre migración y ellos lo encuentran en un artículo académico: Last Land, the Chicano Image of the Southwest, en el que explican la diferencia entre los mexicanos emigrados y los que tienen raíces hondas en Nuevo México.  Los segundos, erróneamente, se asumen descendientes directos de los conquistadores, sin mezcla indígena, y llaman despectivamente a los primeros, surumatos, que es el slang de southerness.

Pero indagar mucho es una equivocación, porque se pierde el sentido del ejercicio, de la espiral que forma la conversación del Triviario. El necio que no acepta la leyenda, la levedad del dato, corre el riesgo de ser abandonado en el sillón del rincón. Porque la conversación avanza, ya no se trata de la Central –nunca se trató de la central- sino de la competencia por joyas históricas. O mejor dicho, por la competencia en el hallazgos de hilos para conversar. Alguien levanta la mano, pregunta si saben cómo describir un tejuino a los gringos.

¿Lo saben? La respuesta de Paco Navarrete es estupenda: Cornmilkshake

Y ahí sí, ya no hay nada que decir, puerta cerrada. Aunque ya hoy por la mañana alguien me pregunta por qué milk. Y no faltará alguien que se pone a pensar en un mejor término, alguien que tiene un dato adicional sobre ese brebaje, no sé, los beneficios clínicos contra el ébola, los efectos positivos en la mente de los constructores de palíndromos.

Quizá con las descripciones anteriores estoy formando la incompleta idea de que el Triviaro es una colección de datos históricos y anécdotas locales. Y sí, pero esa idea es incompleta: no son lineales ni van por lo que los académicos pretenciosos llaman el main stream. No. Si van a hablar de Hidalgo es porque lo vieron de lado. Si van a hablar de Octavio Paz es porque no van a mencionar el Laberinto de la Soledad. Si van a escribir de Ramón Corona es porque pondrán énfasis en el testigo de su asesinato, el Dr. Atl. Si van a hablar del Dr. Atl no será, más que de pasada, de sus carboncillos, mejor de su apodo.

Si no han leído el Extracto en el Espejo, de Karla Sandomingo, con el que ganó el premio nacional de cuento, tienen que hacerlo: ella juega a lo mismo que juegan los del triviario: a salirse del camino principal. Los cuentos están dentro de los más conocidos textos de la literatura, son perfectamente reconocibles, pero la jerarquía de los personajes está cambiada. Así, uno se encuentra con las reflexiones que hace la garrapata del almohadón de plumas de Horacio Quiroga, que poco se entera de la tragedia que se vive fuera la funda en la que construyó su hogar.

Esta actitud de narraciones tangenciales se contagia al lector. Cuando Adolfo Ochoa habla de la llegada de Miguel Hidalgo a Guadalajara en 1810, menciona de paso un banquete en Tlaquepaque. Y ya se jodió la Roma porque en ese momento ya quiero yo saber si el banquete en el siglo 19 era como los de ahora. Y ahí voy a abrir ventanas y me entero de que la comida occidental es un invento relativamente reciente, un legado del primer chef francés que no era parte del mobiliario de palacio: Auguste Escoffier. Antes de él lo que importaba era el diseño, gracias a él llegó lo de la sopa caliente y los platos en orden… Pero maldita sea no  he averiguado lo que le sirvieron a Hidalgo.

Esa puerta se me cierra, otras me inquietan porque no les conozco los caminos. Pero la espiral infinita no se termina en la lectura. La propia elaboración del Triviario no tiene ningún pasillo cerrado. Todos los caminos se dejan abiertos. Me juego aquí la cena con alguien si después de leer algunas de las trivias no se les ocurre alguna. Algo sobre el azul del cielo, sobre los hoyos en el asfalto, sobre la sobredosis de poetas, sobre el tequila, la raicilla, las mujeres, los hombres, el arzobispo, el kiosco de la plaza de armas, la glorieta chapalita, los tlaxcaltecas en la región, los franceses en la zona… Insisto, este libro es infinito.

Por último, un libro infinito puede ser muy cansado. Pero el Triviario no tendría todas las virtudes que he señalado, si no estuviera deliciosamente escrito, si no recogiera la levedad del tapatío, el humor y la legendaria erudición local. Qué suerte, porque es infinito y voy a seguir leyéndolo.

 

Ivabelle Arroyo

 

Museo de Arte de Zapopan, Noviembre, 2014.

NOTICIAS

20 Nov 14

En momentos tan álgidos como los que vivimos es más que necesario tomar un respiro.

20 Nov 14

Durante la noche, seis reos quitaban cuidadosamente los mosaicos de su celda y raspaban la pared hasta con las uñas, para abrirse cami

20 Nov 14

"De trivias, historia tapatía y futuro local", por Ivabelle Arroyo. Martes 20 nov 2014.

18 Dec 12
El Informador. Guadalajara, Jalisco. Ser tapatío implica saberes.
17 Oct 12

El Informador. Guadalajara, Jalisco (13/Sep/2012).- "El nombre del autor es lo primero que se olvida”, escribe Billy Collins en su poema "El olvido", que continúa: “seguido obedientemente por e

4 Oct 12

¿Cómo de que “no hay días felices?” Como buen rock star ahí anda el “Figurín” Lozano haciéndose el muy dark y queriendo que le creamos que bueno, que está bien sacar un libro, que está bien que a la gente le gusten sus aforismos, que qué chido que

20 Sep 12

Rogelio Villareal escribió un artículo para milenio, previo a la presentación de "No hay días felices", aqui se los compartimos: