Guía Para Salvarse De Las Letras Fatuas

Por: 
Burruchaga

Hay, entre otros, dos tipos de textos insoportables en la literatura: los que dicen mucho sin decir nada, y los que queriéndolo decir todo logran el mismo resultado. Las letras contaminadas por la primera toxina son el principal motivo de deforestación del planeta. Millones de páginas se imprimen cada minuto sin otro merecimiento ni afán que el olvido o el currículum. El estilo académico es deudor de este estilo desinhibido que queriéndolo explicar todo termina por hacernos las cosas indignas de ser entendidas. Cuando un gran aparato crítico se pone al servicio de lo obvio, el resultado linda con el aburrimiento. Hace falta haber perdido piso o ser un miembro del departamento de literatura de alguna universidad latina o norteamericana, para creer que unos sesudos comentarios a Pedro Páramo o al Tom Jones tienen otro objetivo que justificar el presupuesto del Departamento, u otro destino que el ornato en alguna biblioteca pública o el relleno sanitario en alguna bodega oficial. Ante a la ociosa queja: "se lee poco", deberíamos replicar con dignidad: "se escribe demasiado".

He dicho que una deplorable manía literaria es el texto palabrero. Encuentro sin embargo en él una ventaja notable: invita rápidamente a su abandono. Si mal escrito mal pensado. Esta orden silenciosa, en cambio, no es frecuente en los textos abstrusos que adolecen de la segunda infección. Mientras que la primera escritura es simple y tartamuda, es decir, ingenua, la segunda disfraza su vacuidad con artificios de densidad. El lector tarda en percatarse de que entre las líneas que descifra y sus cuencas orbitales no ocurre nada que no sea una gimnasia ocular. En todo caso termina arrojando el libro con la doble duda de si el libro era ininteligible o él tonto. Esta astuta y falaz escritura es tan aburrida como la anterior pero suele elevar la autoestima del lector que logra avanzar tres páginas sin recordar el saco en la tintorería. Un ejemplo insigne de esta enfermedad textual es la moderna filosofía francesa. Se rumora que medio párrafo de Baudrillard puso a dormir al Pensador de Rodin. Aunque el caso más conmovedor de una víctima emboscada en esta maniobra literaria correspondió a un lector que leyó diecisiete veces seguidas la misma página del Ulises de Joyce sin percatarse de que se trataba de un error de encuadernación.

Leer poco pero selecto recomendaba el monje dominico Sertilanges. La misma recomendación (escribir poco) podrían adoptar los oficiantes del lápiz si no tuvieran la secreta misión de talar los bosques con los irrisorios jeroglíficos de su ego. Cómo deturpar una selva tropical para escribir el libro: "Salvemos las selvas tropicales", es una alegre paradoja instalada en el corazón de las letras exuberantes…

En el prólogo a su magnífica traducción de los Aforismos de Lichtenberg, Juan Villoro apuntaba que en la época de ese atípico alemán, el mínimo ímpetu de un escritor apuntaba a los nueve volúmenes. Hoy nueve volúmenes se escriben antes de dejar la escuela secundaria. Nadie que alardee de poeta puede dejar de publicar su primer esperpento antes de la primer espinilla, y hay muchos que no sienten completa su vida sin antes haber plantado un árbol y segado diez para publicar un libro de sus "pensamientos".

Pero si para decir que llegó a mí la última edición del Journal of the History of Ideas, de la Johns Hopkins University, y que en ella no hay nada medianamente legible, tuve que escribir quinientas palabras, el lector no debe creerme contagiado de estos males. Que los errores los comenten siempre los otros.

 

 

Publicado en la Revista: