Jesucristo Intergaláctico

Por: 
Jerry Coiné
Traducción: 
Cecilia Gómez Bobadilla

The London Review of Books ©

Jerry Coiné, biólogo especialista en la mosca de la fruta (drosofila), tiene fundados motivos para creer que la cosmogonía cristiana es irreconciliable con la ciencia. El intento del cupido Michael Ruse por verlas contraer nupcias, termina a los ojos de Coiné, en un divorcio por incompatibilidad de caracteres. Que convivan, pues, en una “disonancia amigable”. Generosamente The London Review Of Books nos permitió traducir y reproducir aquí esta objeción al matrimonio.

Libro reseñado:
¿Se puede ser darwiniano y cristiano a la vez? Relación entre ciencia y religión. Por Michael Ruse. Cambridge, 242 pp. 21 de diciembre de 2001.

Una emisión reciente del programa Radio Four tuvo como invitado distinguido a un genetista retirado, también devoto cristiano, quien enalteció ahí el nacimiento virginal de Jesús, quien resultó al final una especie enigma biológico. Como hombre seguro debió tener un cromosoma tipo Y que sólo puede haberle sido transmitido por su padre a través del esperma, aunque aparentemente Jesús no tuvo un padre corpóreo. ¿De dónde entonces provino su cromosoma Y? Este genetista sugirió que uno de los dos cromosomas X de María debió portar parte del cromosoma Y. En cuanto se le preguntó al científico si esto convertía a María en un ser anormal, cambió el tema. Pero lo hizo por una buena razón: esta condición sí se observa en seres humanos  y de ser éste el caso, María debió ser un hombre estéril. El nacimiento virginal por lo tanto hubiese sido un triple milagro.

Generalmente, los intentos por reconciliar ciencia y religión están condenados al fracaso, como sucedió en ese diálogo del Radio Four, porque casi todas las religiones postulan hechos sobre el mundo real –dominio de la ciencia—sin apoyarse en ninguna clase de escrutinio científico y cuando por alguna razón se enfrentan a ciertas dificultades, recurren a circunloquios, falacias o especulaciones absurdas que ofenden a científicos y a creyentes por igual.

A pesar de todos estos conflictos, reconciliar ciencia y religión sigue siendo un proyecto que muchos consideran viable, en especial aquellos científicos que  se acercan al final de sus carreras profesionales. La urgencia por resolver el Gran Enigma aparece con más frecuencia entre quienes se han pasado la vida fijando la vista a través del microscopio observando la mosca de la fruta, o en quien domina el subjuntivo en arameo. Muchos científicos que entran al combate vienen directamente de la biología evolucionista, rama de la ciencia que en más aprietos pone a la religión. Libros de científicos como éstos tratan muchas veces de armonizar ambas partes afirmando que más bien se trata de dos dominios que se excluyen uno al otro o, por citar la frase Stephen Jay Gould, ‘no son disciplinas que se traslapen’. La propuesta de Gould sostiene que la ciencia se limita a estudiar y a explicar al mundo natural, mientras que la religión se ocupa de estudiar los propósitos de los seres humanos, su sentido y sus valores.

Este libro escrito por Michael Ruse  contribuye de manera asombrosa al tema. Desconcierta el desafío con el que postula su tesis y en lugar de aprobar el dócil punto de vista de Gould, quien ve a la religión y a la ciencia como diferentes pero complementarias, Ruse, filósofo e historiador de la ciencia, sostiene que por lo menos una forma de ciencia (el darwinismo) y una forma de religión (el cristianismo) se refuerzan mutuamente. Ambas pueden reconciliarse, argumenta, puesto que virtualmente todos los dogmas del cristianismo conservador, incluyendo el pecado original, la inmortalidad del ser y el libre albedrío, son inmanentes al Darwinismo y resultado inevitable del proceso evolutivo. Para Ruse, ciencia y  religión son simplemente dos caras de la misma moneda. Por esto a la pregunta de que si ‘para ser darwiniano uno tiene que dejar de ser cristiano’, él responde con un ‘no’ contundente.

No es de sorprender que a Ruse le cueste trabajo convencernos, pues no nos resulta obvio cómo la evolución pudo haber producido las almas o el pecado original. Ruse debe sumar todas sus habilidades retóricas e intelectuales para meter al redil del darwinismo todas las ideas descarriadas del cristianismo. De hecho, el libro es un magnífico ejemplo de cómo un adiestrado académico emerge por sí mismo de la maleza filosófica a través de la implacable marejada de la lógica. Como muestra, en un capítulo sobre ‘Extraterrestres’, Ruse va contracorriente a las implicaciones del cristianismo al discutir respecto a si la vida ha evolucionado en algún otro lugar del Universo. ¿Se tratará de vida humana que también se ve azotada por el pecado original? De ser así ¿Quién redimirá a los alienígenas caídos? Ruse deja en el aire la posibilidad de un ‘Cristo-Equis’ que puede dar la salvación de todos los pecadores del Universo –un Jesús intergaláctico que va haciendo escalas en todos los planetas, sufriendo sucesivas crucifixiones. ‘Sólo formando parte de cierta Intelectualidad podría uno creerse semejante cosa’, escribió George Orwell (dentro de un contexto totalmente diferente), ‘Nadie puede ser tan tonto’.

A pesar de esta gimnasia, los intentos de Ruse por la reconciliación fallan al final —lo cual no es de sorprender, dado que nos obliga a aceptar una versión tan extrema del darwinismo que prácticamente no se le suman adeptos, y una forma de cristianismo que aterroriza a la mayoría de los teólogos y a todos los practicantes.

Comienza Ruse por definir sus términos. ‘Darwiniano’ es aquel que cree que la vida tuvo un origen natural; que toda especie existente evolucionó de formas de vida previas y que todas las especies se relacionan a ancestros comunes; cree también en la selección natural como máquina de hacer evolución. Ruse no siente escrúpulos al aceptar el darwinismo: ‘Creo en la evolución como un hecho y que el darwinismo gobierna triunfante’. La clase de cristianismo que deba fundirse con éste debe ser bastante conservadora y debe incluir la noción de que los seres humanos, hechos a imagen y semejanza de Dios, fueron ‘el fin último de la creación’. Posteriormente corrompidos por el pecado original, a los seres humanos los redimió la crucifixión de Cristo, el hijo de Dios que nació de una virgen. Ruse se apega al principio del Nuevo Testamento que dice que Dios es un “creador todo poderoso que actúa por amor”. Semejante fe obliga a creer en los milagros y a aceptarlos a pesar de la incomodidad que esto conlleva.

Los cristianos tienen buenas razones para sentirse  perturbados por el darwinismo. Los registros fósiles demuestran que la versión de la creación contenida en el Génesis, si se lee de manera literal, es totalmente falsa y uno se queda o bien cuestionando la autoridad de la Biblia, o reconociendo que debe tratarse de un largo ejercicio metafórico –que como tal queda abierto a la interminable interpretación. Por otra parte a los darwinianos no les es fácil percibir a los seres humanos, una de las ramas de los primates, como el principal objeto de la creación. A muchos biólogos, por saber que el Homo Sapiens es tan sólo una de las muchas especies evolucionadas –si bien la del cerebro grande y la poseedora de gran cultura—les cuesta poder encontrar un sentido predeterminado o un propósito especial en la existencia humana. Además, si al cristianismo se le aplican los mismos esquemas empíricos que al darwinismo, la religión se ve afectada y sufre pues contamos con muchas más evidencias que confirman la existencia de los dinosaurios que las que demuestran la divinidad de Cristo.

Hay inconsistencia en el tratamiento que Ruse hace de la fe y la ciencia.  Considera que la religión (o por lo menos el cristianismo) es dócil a la exploración empírica, pero algunas cuestiones religiosas eluden totalmente este enfoque. Al admitir que ‘asumir la existencia de Dios realmente no resuelve ni explica nada’, Ruse trata de demostrar esa existencia mediante un decreto retórico: ‘la existencia y la naturaleza de Dios no están sujetas ni requieren de la explicación que los objetos temporales requieren. Dios necesariamente existe y es inmune hasta al ácido más corrosivo’. En momentos como éste, parece estar echando la moneda al aire para decidirse entre Gould y la idea de separar estas especialidades. Pero resulta ahora que la existencia de Dios es un caso especial y que el resto de las creencias cristianas pueden cohabitar felizmente con la ciencia, dentro de una sola especialidad. En cuanto a por qué es mejor que la ciencia se reconcilie con el cristianismo y no, por decir, con el Islam, Ruse sugiere con astucia que ‘una creencia es mejor que las otras’. También como alternativa propone que ‘se puede argumentar que tal vez haya un centro común a todas las creencias religiosas y que esto es lo que cuenta’. Pero  esto no puede contar, pues no muchas otras religiones se adhieren a los dogmas más importantes del cristianismo, los mismos de los que Ruse se ocupa.

De entre las prácticas religiosas, probablemente sea el cristianismo el que más se apoya en postulados de la realidad que puedan ser verificables. Tal y como ha observado Richard Dawkins,

“Las religiones hacen postulados existenciales, lo cual significa que son postulados científicos. Esto se aplica a muchas de las principales enseñanzas de la Iglesia Católica Romana. El nacimiento y la resurrección de Cristo, la Ascensión de María, la vida eterna del alma: todos estos son postulados de naturaleza claramente científica, sin importar si Jesús tuvo o no un padre corpóreo. No se trata aquí de ‘valores’ o ‘dictados’ morales: se trata de hechos como tales. Tal vez no contemos con evidencias para responder y no obstante sigue tratándose de una cuestión científica. Podemos estar totalmente seguros que de haber evidencias que apoyen esto, el Vaticano no se negaría a proporcionarlas.”

De hecho, el Vaticano actúa de manera casi científica al determinar la santidad: la canonización requiere por lo menos de dos ‘milagros comprobados’, verificados siempre ante la oposición presentada por un escéptico oficialmente nominado, el abogado del diablo en versión original.

Junto con muchos otros creacionistas, Ruse  sostiene que la ciencia, como parte de su compromiso con el ‘naturalismo metodológico’, excluye de manera deliberada lo sobrenatural; pero no es así. La ciencia no desaprueba a priori el interés por explicar lo sobrenatural. Más bien se ha abandonado los sobrenatural porque  no nos ha ayudado a entender a la naturaleza. Por principio, la ciencia podría aceptar lo sobrenatural. Si un Jesús de 32 metros de altura se le apareciera a cada habitante de Londres, como se le apareció al evangélico norteamericano Oral Roberts, pocos dudarían de la divinidad de Cristo. Al igual que otros mensajes verificables procedentes del  más allá o casos repetidos de sanación convencerían a muchos científicos. Pero estos fenómenos simplemente no ocurren. Se dice que George Bernard Shaw exclamó, después de observar los objetos abandonados por los visitantes de Lourdes, ‘tantos bastones, tantos fierros y muletas, y ni un solo ojo de vidrio o una pierna de palo, ni un peluquín’.

El método preferido por Ruse para reconciliar al cristianismo con el darwinismo es el evolucionismo teísta, o la idea de que la evolución fue la forma que Dios eligió para crear a los seres humanos y a otras especies. Se presume que inició el proceso con el Big Bang y que, previniendo la eventual evolución del Homo Sapiens, no interfirió más (aunque Ruse sí admite un cierto grado de jugueteo divino, pues de otra forma no podría explicar los milagros).

El evolucionismo teísta no es nuevo: existió ya en los tiempos de Darwin y hoy lo aceptan muchos cristianos liberales y científicos religiosos. Sin embargo, Ruse lo lleva más allá cuando proclama que gran parte de la creencias cristianas, como la existencia del alma y la naturaleza pecaminosa de los seres humanos, surgen directamente de la evolución y no por la intervención sobrenatural de Dios. Pero antes de avanzar más, Ruse debe tratar de responder la gran pregunta que pende de la evolución teísta: ¿Por qué escogió Dios un camino tan tortuoso? Su respuesta es la esperada: como seres limitados que somos, no podemos sondear la mente de Dios. Esto a su vez genera otras preguntas. Si somos tan ignorantes, ¿cómo sabemos que Dios es ‘todo amor’ y ‘sólo quiere lo mejor para nosotros’?. Aquí Ruse convierte  la necedad en virtud: ‘uno puede pensar que la magnificencia de Dios se confirma cuando uno acepta que Él logra muchísimo mediante el empleo de un simple mecanismo, la selección natural’.

Ruse contempla la necesidad de resolver tres problemas principales. El primero es el del carácter único del ser humano. Como darwiniano estricto que es, acepta que los humanos son uno de los muchos productos del proceso evolutivo que comenzó hace tres mil quinientos millones de años. Esto implica el abandono de gran parte de las ideas contenidas en el Génesis pero insiste, sin embargo, en que una de sus secciones sea tomada de manera literal: la del estatus del ser humano como objeto especial de la creación de Dios (1.26-28). Esto requiere, según Ruse, que ‘criaturas similares a las humanas’ sean el producto inevitable del proceso de la evolución, lo cual quiere decir que si el proceso se repitiera en la Tierra, siempre  se evolucionaría hacia criaturas como nosotros mismos. Ya que Ruse considera que nuestra creación ‘a imagen y semejanza de Dios’ connota más bien parecidos morales e intelectuales y no tanto físicos, las ‘criaturas similares a las humanas’ no tendrán que ser forzosamente idénticas a los humanos de hoy, sino que podría ser cualquier animal de gran inteligencia, poseedor de una conciencia, una cultura y la habilidad de discernir entre el bien y el mal.

Para sustentar esta tesis de la inevitabilidad, Ruse argumenta la existencia de un ‘nicho de criaturas similares a las humanas’ el cual debe ser llenado por las ‘armas’ de la evolución que le van proporcionando bonos de reproductividad a los grandes cerebros. Pero, dado que el curso de la evolución puede verse alterado drásticamente por mutaciones azarosas, por inesperados cambios climáticos y ambientales e incluso por la colisión de asteroides, se requiere que sea un darwiniano verdaderamente valiente el que sostenga que la evolución hacia criaturas similares a  la humana es inevitable. De no ser porque los dinosaurios fueron aniquilados por el impacto de un asteroide, los mamíferos, como lo ha señalado Gould, seguirían siendo pequeños depredadores de insectos nocturnos, incapaces de evolucionar hacia una inteligencia mayor. Por otra parte, la visión moderna del ‘progreso’ evolutivo no es la de un avance continuo hacia cerebros más grandes y hacia una conciencia mayor, sino sólo hacia una selección natural que logre que los organismos se adapten mejor a su entorno. (E incluso esto no está garantizado: la selección natural puede hacer que los leopardos corran más rápido, pero puede hacer que sus presas lo hagan también, por lo cual tal vez la mejora no sea tanto eso).

Las probabilidades de que un ‘nicho de criaturas semejantes a las humanas’ sea llenado aumentan si asumimos que la Tierra es el único de muchos planetas donde se ha dado la evolución. Después de múltiples intentos, es más probable que la combinación de conciencia, inteligencia, cultural y libre albedrío pueda surgir al final sólo una vez. De hecho, los humanos en la Tierra representan tan sólo una afortunada tirada de los dados de la evolución. Pero no podemos calcular de manera simple la probabilidad de que si el Universo comenzara de nuevo, habría por lo menos un planeta que evolucionaría una forma de vida que requiriera la salvación. Ruse no sólo necesita una alta probabilidad, sino la probabilidad de uno, pues de otra forma no habría razón por la cual Dios hubiese tenido que crear el universo. Como él mismo lo ha observado: ‘para los cristianos, nosotros, los seres humanos no somos objetos temporales’. Pero la respuesta científica adecuada a la pregunta de que si es inevitable la evolución hacia criaturas semejantes a las humanas, debe ser que no sabemos.

Ruse también coloca al alma bajo el cobijo darwiniano: ‘Podemos aseverar que el alma es algo que se transmitió no sólo desde el primer hombre, sino desde los animales. En otras palabras, el alma ha evolucionado junto con todo lo demás. Ruse la considera ‘inteligencia... ligada al libre albedrío’ y como considera al libre albedrío producto de la evolución, el problema del origen del alma parece quedar resuelto. Sin embargo, queda por resolver una dificultad importante. Para Ruse, el alma es una estructura material que reside en el cerebro humano. Como tal, muere con su propietario y no puede, por lo tanto, ser inmortal. Ruse mantiene un juicioso silencio a este respecto.

De hecho, no encaja su visión del mundo con la noción de una vida en el más allá, y no disimula su malestar al discutir (más acertadamente, al evitar) las críticas teológicas sobre el cielo y el infierno. Ruse hace sólo una oblicua referencia a la distinción hecha por Dios entre las ovejas éticas y las cabras, al referir que sólo las primeras llegan a ‘la granja divina’. Debe pensarse por lo tanto que también existe un matadero divino.

El segundo problema, el de los milagros, introduce dificultades especiales pues es claro que viola la ley natural y el esquema de no intervención de la teoría teísta. Milagros como la Resurrección y Jesús resucitando muertos son parte esencial de la creencia cristiana. Ruse ofrece a esto dos soluciones, ninguna satisfactoria. Con la primera afirma que puede ser que estos milagros no hayan ocurrido realmente. Puede ser que Lázaro no haya estado muerto, sino simplemente en trance; la Resurrección pudo haber sido una ilusión masiva. ‘Uno puede imaginarse a Jesús en trance, o más probablemente, físicamente muerto, y que de ahí y hasta el tercer día, un grupo de gente de casta inferior simplemente se llenó de alegría y esperanza’. Con la segunda, para aquellos cristianos que no estén dispuestos a tragarse la primera alternativa, Ruse sugiere  que los milagros fueron en verdad intervenciones divinas, excepciones necesarias al plan evolutivo de Dios. Explica la Reencarnación de la manera siguiente: “Debido a que, y precisamente porque, nosotros como seres libres hemos pecado, se requirió de la intervención divina de Dios... No es necesario decir que la creación de las plantas y los animales fue una cuestión totalmente diferente y que para ello no se requirió de ninguna intervención divina’. Pero si usted cree en un milagro, ¿por qué no creerlos todos?

El tercer y último problema es el de la existencia del dolor físico y del mal, gran misterio del cristianismo que Ruse resuelve fácilmente en su propuesta: son los resultados naturales de la selección natural. Al haber escogido a la evolución como Su método, Dios ‘quedó limitado al camino que llevaba al mal físico. El mal proviene del método que Él empleó’. No hay por lo tanto necesitad de preguntarse por qué la naturaleza es violenta, con garras y dientes, o por qué tenemos defectos de nacimiento, o por el sufrimiento en general: se trata de derivados de la política de ‘no intervención’ practicada por Dios.

La evolución también resuelve el problema del mal moral y del pecado original, aunque dicha solución requiere que el darwiniano adopte una forma extrema de sociobiología: la opinión de que gran parte de la naturaleza, cultura y comportamiento del ser humano moderno es el resultado de una selección natural que ha venido ocurriendo desde nuestros ancestros. Según afirma Ruse, tal selección trajo consigo dos tendencias en conflicto. La primera es el producto de ‘genes egoístas’: nuestro engrandecido ego que desea reproducirse a expensas de otros. En la sociedad moderna esto se traduce en avaricia, ira, lujuria, gula  y demás pecados capitales. La segunda tendencia es que las sociedades  erijan códigos morales y que frunzan el ceño ante el comportamiento de nuestros genes del egoísmo. Ruse considera que los códigos éticos son el resultado genético de la selección natural (presuponiendo que tal selección actúe en grupos: en aquellas sociedades cuyos miembros cuentan con genes moralmente superiores, con vidas más armoniosas y por lo tanto más propensos a sobrevivir). La selección natural no sólo nos ha proporcionado la tendencia a desarrollar la moralidad, sino también sus dogmas específicos, mismos que Ruse considera universales. La universalidad de las creencias morales es necesaria porque ‘para el cristiano moralista, el relativismo es un anatema’. Toda persona es por lo tanto el campo de batalla entre estas dos tendencias evolutivas. Según Ruse, ‘el pecado original’ es la victoria del egoísmo sobre el comportamiento ético. ‘El pecado original viene contenido en el paquete biológico. Es parte del ser humano’.

Son numerosos los problemas que surgen de este argumento. Del lado biológico, aunque tengamos propensión genética digamos hacia la lujuria y la codicia, es mucho menos cierto que los códigos morales residan en nuestro DNA. Dichos códigos pueden muy bien provenir de la evolución cultural, a través de sociedades que continuamente hacen revisión de sus principios morales con el objetivo de mejorar su habilidad para regular el comportamiento e ir incorporando los cambios de los puntos de vista. De hecho, dada la amplia disparidad entre lo que una sociedad considera moral y los cambios drásticos que ocurren a través del tiempo en cuanto a qué se considera ético, es muy probable que los códigos morales sean más bien aspectos maleables y no productos rígidos e inamovibles de la evolución. En respuesta a esto, Ruse simplemente niega la variación: ‘La moralidad tiene que compartirse, de lo contrario no funciona y, puesto que se basa mucho en la biología y ya que todos somos la misma especie, probablemente no hay mucha variación’. Pero el problema mayor reside en el cristianismo. ¿Quién, entre los cristianos conservadores aceptaría al libre albedrío como el resultado de una batalla genética y al pecado original como la tendencia que tienen los genes egoístas a derrotar a los genes altruistas? Creencias semejantes no le dejan espacio al libre albedrío genuino que emana de la voluntad. Toda la alegoría espiritual del pecado y la salvación son arrolladas por los intentos de reconciliación de Ruse.

Hay muchos cristianos evolucionistas y hay muchas formas de reconciliar al cristianismo con el darwinismo. Una es la vía liberal que, cuando es necesario, acepta las conclusiones de la ciencia en términos metafóricos, al interpretar la Biblia. Otra, la versión menos extrema de la teoría de Ruse, contempla a Dios como iniciador del Universo al que después dejó suelto para que funcionase conforme a la leyes físicas, sin intervenir más. Hay aún otra más que es la de dividir a las religiones y a la ciencia en compartimentos para permitirles que coexistan dentro de una disonancia amigable, con la fe dominando el reino de los misterios que no necesitan reconciliarse con la ciencia. Todas estas variantes conllevan a problemas filosóficos, pero la solución otorgada por Ruse es la peor de todas y bien puede ser contraproducente. Es muy fácil predecir que  un cristiano perplejo, viendo todos los compromisos de fe que Ruse le requiere, opte mejor por abandonar la empresa y volver al fundamentalismo más recalcitrante.

Quizá consciente de la debilidad de sus argumentos, Ruse hace un último ruego evolucionario a los escépticos:  ‘Somos primates de medio rango, adaptados para vivir debajo de los árboles y para agruparnos en las planicies. No contamos con los poderes que nos permitan escudriñar los misterios últimos. Cuando menos, estas reflexiones deberían otorgarnos la modestia suficiente para reconocer lo que podemos y lo que no podemos saber, y un poco de humildad ante lo desconocido’. Ya sólo nos queda esperar que Ruse siga su propio consejo. En palabras del físico Richard Feynman: ‘Creo que es mucho más interesante vivir sin saber que vivir con respuestas erróneas’.

Jerry Coyne, es profesor del Departamento de Ecología y Evolución de la Universidad de Chicago. Actualmente escribe un libro sobre el origen de las especies.

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