Le pauvre Sokal

Por: 
John Sturrock
Traducción: 
Cecilia Gómez Bobadilla

The London Review of Books ©

¿Es posible defender lo indefendible? John Sturrock piensa que sí. Emprende aquí una defensa oficiosa del postmodernismo y de la jerigonza verbal con la que éste expresa sus “imposturas”. Aunque la obra de sus defendidos es usada actualmente como un instrumento de tortura (nadie tolera tres páginas seguidas de Derridá sin confesarse asesino de J.F. Kennedy), el alegato de defensa es inesperadamente inteligente (y divertido). Generosamente The London Review of Books nos permitió traducirlo y reproducirlo aquí.

Libro reseñado:

Intellectual Impostures, por Alan Sokal y Jean Bricmont.

Hubo una vez un periodista, Ivor Brown, que en la etapa preteórica de los años ’50 se divertía a costa de lo que él denominó el intruso serial que disturba nuestra tranquilidad insular, ese bacilo primario al cual llamó UFE o Último Fraude Extranjero. Con esto Brown catalogó a todo pensador importado (de París, en nueve de cada diez casos) cuyas afinadas ideas –o, me atrevería a decir, cualquier idea– estaban  siendo aceptadas con mucha más pasión de la que según él merecían. El título de Intellectual Impostures me evocó esa campaña barata con la que Brown intentó amparar nuestra virginidad mental. Éste es un ejercicio igualmente profiláctico sobre los pensadores franceses que nos han invadido desde finales de los años ‘60, mismos que han aportado ideas que a Alan Sokal y a Jean Bricmont les gustaría se tildaran de fatuas e incoherentes.

Ambos autores son profesores de física –Sokal en Nueva York y Bricmont en Bélgica–, y con su rigor científico atacan a los hechiceros intelectuales que han seleccionado, quienes en uno u otro momento de su trabajo han introducido conceptos tanto de física como de matemáticas elevadas demostrando –ahora nos enteramos—cuando mucho un entendimiento leve y parsimonioso de lo que formulan o del lugar que ellos mismos ocupan dentro del conocimiento científico del cual, con dicha actitud, reniegan. Los pensadores aquí apilados –Lacan, Kristeva, Luce Irigaray, Bruno Latour, Baudrillard, Paul Virilio, Deleuze/Guattari y una o dos figuras menores más—resultaron no ser capaces de discernir entre su codo y su dominio de las matemáticas y lo demostraron cuando optaron por robar comida de la alacena de científicos profesionales como Sokal y Bricmont, y empezaron a citar a Gödel o a la Mecánica Quántica y a la Teoría del Caos para validar sus argumentos pseudo científicos y añadirles el aparente encanto que se suma a lo que en ciencia sobresale. Este punto queda muy bien esclarecido, acaso en exceso, en Intellectual Impostures  y así mientras Sokal y Bricmont husmean entre los trabajos de esos mal informados autores, van citándolos en su insensatez y evidenciándolos como nadie se lo pidió: como insulto, el libro resulta todo un éxito, pues nos vemos obligados –gustosamente en verdad– a aceptar que en lo que a las pretendidas metáforas científicas o  a las extensas analogías de Lacan y Co. se refiere, Sokal y Bricmont están en lo correcto y que los impostores sí abusan de conceptos que no conocen lo suficiente como para calificar de evidentes. Y esa misma ignorancia científica que implica que nosotros no podamos afirmar que Lacan o Deleuze alardean o se jactan demasiado, es la misma que nos obliga a reconocer la autoridad con la que aquí se les expone.

No se habría necesitado todo un libro si fuera éste el único asunto que abordara  Intellectual Impostures: con cincuenta breves páginas hubiese bastado. No obstante, tenemos un libro entero, presuntuoso, escrito por dos científicos hábiles para detectar toda suerte de implicación desastrosa contenida en las transgresiones intelectuales que ellos enumeran, aún cuando entre esta maraña de los varios autores de los cuales se objeta acaso uno, Bruno Latour, cuente con credenciales científicas que lo respalden. Esta patrulla policial conformada por dos hombres tiene en mente mayores metas que la de simplemente identificar UFEs en acciones de lesa ciencia. Desde su laboratorio y con ánimos de desacreditar han dejado en claro que

esos aspectos intelectuales del Postmodernismo que han tenido impacto en las humanidades y en las ciencias sociales: una fascinación por los discursos oscuros; un relativismo epistémico ligado a un escepticismo generalizado por la ciencia moderna; un excesivo interés en creencias subjetivas independientemente de su verdadero valor; un énfasis en el discurso y en el lenguaje que se opone a los hechos que tales discursos refieren (o peor aún, un rechazo a la simple idea de que los hechos se dan o de que uno los refiere).

 

Este tema se aborda aquí de una manera extrañamente indirecta, ya que tanto Sokal como Bricmont  han designado la influencia  de los parisinos como fuente primaria de infección, y no tanto así la de sus aturdidos sustitutos que habitan los campus universitarios de los Estados Unidos, donde la influencia de estas exportaciones intelectuales tan particulares ha sido mayor que en la Francia misma. Los franceses, sin embargo, fueron los principales beneficiarios de este libro cuando apareció hace un año, antes de que los mismos autores lo tradujeran al inglés y lo publicaran en el idioma de la comunidad que ellos sabían lo requería más que nadie. No se escucha ni se lee mucho sobre Postmodernismo en París, donde  Impostures Intellectuelles fue acogido por una de sus principales víctimas, Julia Kristeva, quien lo define como una “travesura intelectual en contra de Francia”, mientras Jacques Derrida, de quien los autores no encontraron error sobre el cual lanzar su escarnio, respondió con lacónico suspiro, “le pauvre Sokal” [“el pobre Sokal”].

Pobre Sokal y pobre Bricmont que consideran que los laureados pensadores franceses que guían a la intelectualmente desorientada juventud norteamericana (y también a los ya no tan jóvenes) no merecen influir en nada, que alguien como Lacan, tan hábil para jugar rápida y libremente con ideas de la topología es, en el mejor de los casos, un semi-ignorante de los hechos de esa materia y por lo tanto debería lanzársele al olvido y acusársele de charlatán. A una sola y aislada manifestación de insensatez en su obra se le  califica de síntoma de una condición más generalizada: si  su conocimiento de las matemáticas es endeble, hay probabilidad de que todo lo demás que Lacan ha escrito sea endeble y de que sus doctrinas psicoanalíticas no sean más cabales ni pragmáticas que su álgebra. Aquí, empero, los científicos avanzan con más cautela profesional pues temen sobrepasar las líneas de sus dominios y dejarse arrastrar por lo empírico: “No afirmamos que esto invalide el resto del [su] trabajo, sobre el cual nos abstenemos de emitir un juicio”. Y hacen tal afirmación porque saben que no tienen que hacerla, pues aquellos que piensan de manera similar no dudan en llegar de un brinco a conclusiones sin fundamento, y son precisamente quienes piensan de manera similar los únicos que se beneficiarán de este libro. Ya con sangre menos venenosa citan a Bertrand Russell y explican cómo él se desilusionó de Hegel  cuando descubrió qué malo era éste para las matemáticas.

Sólo me he relacionado con  Lacan a través de admiradores a los cuales ha entretenido, aburrido o asombrado con sus ínfulas topológicas y demás fatuidades matemáticas, en su envalentonado exhibicionismo sin reflexionar si deben ser demostradas en su verdadero valor. Encuentro esto extrañamente opresivo y alarmante. Sokal y Bricmont han en cierto modo frenado esta marejada de irracionalidad  en la vida intelectual que de seguro complace a quienes odian la teoría y que ansían que sea alguien más quien hable mal de Lacan o de Kristeva, pero esto será contraproducente para personas de criterio más amplio que consideran que entre más variedad y estilos de discurso intelectual existan, más espacio habrá para que las culturas se desarrollen sanamente. Hay, sin embargo, una simetría didáctica entre la forma de proceder de Sokal y Bricmont y aquella a la que tanto critican: ahí donde a los impostores les encanta acomodar piezas de discurso científico en sus escritos, a los que nadie se animaría a llamar “científicos” en el sentido estricto que Sokal y Bricmont aplican al término, ellos sí aplican criterios de rigor y univocidad tan fundamentales a su propia práctica que quedan totalmente fuera del alcance de una transferencia en este bizarro contexto. He leído muy poco de la obra de la escritora feminista Luce Irigaray, pero me agradó enterarme, a partir de las pocas páginas presurosas y arrogantes que aquí se le dedican, de que, al objetar la tendencia masculinista de la ciencia, se ha atrevido a ser lo suficientemente insolente y ha sugerido que la ecuación más resonante (y siniestra) del siglo XX, E = MC², puede ser sexista pues ha privilegiado a “la velocidad de la luz” o a “lo que viaja más rápido”, ignorando otras velocidades, y que si la ciencia de la mecánica de los fluidos esta subdesarrollada esto se debe a que en su quintaesencia es un tópico femenino. Estas invocaciones que Irigaray hace de la ciencia pueden se demasiado esquivas, pero en el contexto liberal del mundo intelectual en el que ella se desenvuelve, esta tesis salvaje y contenciosa no podría estar más lejos del constreñido rigor que Sokal y Bricmont exigen.

Lo impropio es que científicos duros como estos dos comiencen a solicitarle a escritores e intelectuales como Irigaray que expliquen su obra con la misma especificidad, claridad y univocidad del discurso de su propia disciplina; que sean formales y lentos como se supone tienen que ser  y se opongan al discurso feliz y expansivo del pensamiento en general. Para apreciar el grado de error del que pende este libro, ayuda retroceder a lo que fue su prototipo, al bien publicitado “fraude” de Sokal de hace dos años cuando presentó un artículo que se suponía era una broma para su publicación en la revista académica norteamericana Social Text. A esta publicación periódica de la Universidad de Duke le gusta dar espacio libre a los argumentos de los relativistas epistémicos y a otros anit-fundacionalistas. Sokal estaba bien enterado de los gustos de los editores y les envió una ‘parodia’, como él la define,  titulada “Trangressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”. Este mismo texto reaparece en un Apéndice de Intelectual Impostures, pero es seguro que todos los capítulos anteriores habrán erosionado su contenido y barrido cualquier remanente de vitalidad para cuando usted llegue a él.  La ‘parodia’ hace afirmaciones relativistas tan descabelladas –por citar uno de los ejemplos más brillantes, el ‘concepto relacional y contextual de la geometría’–que los editores de Social Text debieron haberla rechazado. Sin embargo, tuvieron excelentes razones para publicarlo. Esta estafa de artículo apareció en una edición especial dedicada a las “Guerras de las Ciencias” y otras cosas por el estilo, y agregar un caso extremo pero desenfadado es precisamente lo que estaban esperando tener a la mano estos editores con sensibilidad y ánimos de provocar. Además, tal artículo está tan bien documentado y atiborrado de referencias y citas que van desde lo científico hasta al New Age que complace incluso al lector más adormecido por tratarse de un resumen informativo y bien intencionado, que arremete contra la respetable  ‘meta-narrativa’ de la ciencia de manera  elegante y a la vez polémica.

Sokal comenta que atosigó a los editores de Social Text para averiguar qué pensaban de este fraude antes de que se publicara, pero ellos no cedieron. ¿Y por qué habrían de ceder? Su suposición es que debieron haberlo considerado material de desecho conformado de ciencia a medio hornear. Pensar así es por lo tanto considerar que esta revista pertenece al mismo campo discursivo de Nature, de la que se presupone que absolutamente todo lo que piensa publicar lo envía a dictaminadores científicos para que elaboren un profundo escrutinio previo, y cuyos editores realmente tendría que hacerse hara-kiri si se descubren engañados. El caso de la revista Social Text es diametralmente opuesto: tiene todas las razones para impulsar la aventura y el riesgo en las ideas, como forma de mantener hirviendo el caldo intelectual. A Sokal y a Bricmont les encantaría que la Guerra de las Ciencias concluyese (a su favor), aún más por la amenaza de que se pueda fundar una ciencia física que menoscabe su autoridad. Por otra parte muchos de nosotros nos sentiremos satisfechos y complacidos si esta guerra continúa, pues así estaremos expuestos a más argumentos, tanto buenos como malos, y podremos sentir que a la ciencia se le está forzando a ser lo más explícita posible en sus ámbitos político, social y científico. Sokal bien sabía qué tipo de textos aceptan los editores de Social Text, y no tiene motivos para fanfarronear por haber escrito algo acorde a esa línea de publicación y luego jactarse de haber logrado ser publicado. Su fraude no valió su cometido.

Al igual que otros científicos, Sokal y Bricmont no soportan que la ciencia  requiera del lenguaje para hacerse manifiesta; les pesa que los hechos científicos no puedan ser implantados en el cerebro sin que interfiera el medio verbal. Si usted se queja como ellos de que ‘el énfasis del Postmodernismo en el discurso y en el lenguaje se opone a los hechos que dicho discurso refiere’, habrá de reflexionar sobre la legitimidad de oponer los hechos del discurso cuando hay hechos que no están contenidos en un discurso y que por lo tanto no pueden conocerse. En ese reino platónico de Sokal y Bricmont a los hechos misteriosamente se les disocia de las formas de las palabras o de las cadenas de símbolos de los cuales (de hecho) están hechos. Esto se ve claramente en el peor capítulo del libro, el de Bruno Latour, sociólogo de la ciencia, a quien acusan por ejemplo de ser víctima, al escribir de la relatividad, de una ‘confusión fundamental entre la pedagogía de Einstein y la teoría de la relatividad en sí’. Si entendí bien, ellos argumentan que los estados de la teoría de la relatividad tal y como los presentó Einstein, y el ideal de la teoría, sin presentar, no son idénticos pues la acción de presentar requiere la participación de un agente que es necesariamente un punto de referencia en el estado y en el tiempo de ‘la teoría misma’ sin el cual ésta no puede existir. No me imagino como podremos alguna vez tener acceso a una teoría si no es a través de la pedagogía, a la que considero la suma de todos los momentos de la vida real en los que se comunica una teoría. Empleando la valiosa y antigua terminología estructuralista, Sokal y Bricmont quieren que su ciencia sea sólo lengua y no habla y que se garantice su pureza teórica y nunca se exponga a los riesgos de toda expresión.

Después de todo esto ya no sorprende descubrir que Sokal y  Bricmont no perdonan la ambigüedad. A ésta la ven no como una característica natural del lenguaje, que ninguno de nosotros puede acaso evitar, si comparamos la gloriosa economía de formas lingüísticas con el enorme infinito de lo que queda todavía por escribir y por decir. El siempre magnífico y deshonroso recurso del impostor es el subterfugio que le permite que todo lo que escribe pueda ser interpretado de ‘dos formas: la aseveración de que es verdadero pero relativamente banal, o de que es radical pero manifiestamente falso’. Cuando uno recuerda que la historia del pensamiento en su conjunto ha estado plagada de aseveraciones que supuestamente se han comprobado, si no de inmediato sí subsecuentemente, uno sabe que éstas pueden tener más de una lectura y que quedan abiertas a la interminable reinterpretación. Entonces resulta obvio que la noción de lenguaje natural que apuntala un libro como Intellectual Impostures queda aterradoramente debilitada. Estos autores son reduccionistas lingüísticos y sostienen que en toda aseveración existe una semilla de univocidad que los agitadores parisinos aprovechan para disfrazarse y revestirse elegantemente y guiar a sus lectores por el camino equivocado. Yo no pondría las manos al fuego por Jean Baudrillard, pero cuando sale a colación su concepto del ‘recubrimiento verbal’ abogo por él: en los terrenos marginales entre lo literario y lo sociológico donde habita Baudrillard, el ‘recubrimiento verbal’ es lo único importante, de modo que leerlo como un disfraz y no como un manifiesto es leerlo mal, es leerlo de manera filistea e irrelevante. En lo que concierne al lenguaje, Sokal y Bricmont  intolerantes hasta la médula pierden el arado y se sumergen cuando declaran que su galería de impostores no tiene derecho a ninguna ‘licencia poética’ (concepto que me sorprendió descubrir vivo y coleando), pues es claro que su intención es producir teoría y ... su estilo es por lo general denso y fastuoso, por lo que es poco probable que su objetivo principal sea la literatura o la poética’. El ruido que se escucha al leer un insulto tan simplista es como la metáfora del océano que vehemente avanza para llenar nuevamente el canal que divide a esos dos legendarios adversarios, a esas Dos Culturas.

Más allá de la repulsiva agenda, Intellectual Impostures también arremete de manera inesperada en política y esto sale a relucir al inicio del libro, en el Epílogo, donde Sokal y Bricmont declaran que ‘el Postmodernismo’ ha tenido sus principales ‘efectos negativos: pérdida de tiempo en las ciencias humanas, confusión cultural que favorece el oscurantismo y un despertar de la Izquierda política’. El argumento político es que el relativismo epistémico y el resto del nuevo opio de los radicales es enfermedad manifiesta en todos los campus universitarios que demuestran ese infeliz alejamiento entre académicos izquierdistas y cualquier cosa que se asemeje a la política. Citan a Chomsky en sus frustrantes experiencias al convivir, a principios de los ’90, con la juventud inteligente de Egipto: ‘Cuando iba yo a habarles de realidades actuales... los estudiantes solicitaban que les tradujera al lenguaje de la estupidez postmodernista’. Sokal y Bricmont consideran que la juventud intelectual de la izquierda decadente en Norteamérica se ha vendido al optar por  los terrenos lodosos y resbaladizos del relativismo, e incluso los de la extravagancia del New Age, y por lo tanto ‘le han colocado el último clavo al ataúd de los ideales de la justicia y el progreso’. Sienten nostalgia por los días en los que la Izquierda confiaba y promovía la ciencia dura, antes de vituperarla y considerarla proto-fascista, aunque la línea que ellos siguen en Intellectual Impostures más que invalidar confirma esta angustia.

El pesimismo de su conclusión no sólo es chocante, sino que también intenta moralizar, como si nuestra afiliación a los ideales de justicia y progreso, que no están muertos, dependieran de si compartimos o no con los autores esa misma actitud restrictiva hacia la vida. Después de haber gastado tantas palabras corrosivas en sus intentos por ahorcar a la elocuencia, estos autores no deberían dimitir y regresar a sus laboratorios dejando una estela de vapor en el lugar de su propia elocuencia.

 

John Sturrock es consejero editor y colaborador regular de  The London Review of Books. Tradujo recientemente Sodoma y Gomorra para la nueva edición de Penguin de Proust.

 

 

 

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