Sacerdotes y muchachos

Por: 
Garry Wills
Traducción: 
Cecilia Gómez Bobadilla

The New York Review of Books©

Garry Wills, prestigioso periodista católico norteamericano (premio Pullitzer 1993), pasa revista y refuta los argumentos con que se trata de atenuar el escándalo de pederastia que envolvió a la iglesia católica de aquel país. La revista norteamericana The New York Review of Books nos permitió traducirlo y reproducirlo aquí.

 

Libros reseñados:

Intimate Enemies: Moral Panics in Contemporary Great Britain. Por Philip Jenkins. Aldine de Gruyter, 275 pp.

Beyond Tolerance: Child Pornography on the Internet. Por Philip Jenkins. New York University Press, 290 pp.

Pedophiles and Priests: Anatomy of a Contemporary Crisis. Por Philip Jenkins. Oxford University Press, 214 pp.

Harmful to Minors: The Perils of Protecting Children from Sex. Por Judith Levine, con prólogo de la Dra. Joycelyn M. Elders. University of Minnesota Press, 299 pp.

Goodbye, Good Men: How Liberals Brought Corruption into the Catholic Church. Por Michael S. Rose. Aquinas, 276 pp.
 

 
EL PÁNICO

 

Philip Jenkins fue siempre un oscuro historiador, pero en 1996 los católicos reaccionarios lo encumbraron de la noche a la mañana. Jenkins comenzó su carrera como profesor de derecho penal en la Universidad Estatal de Pennsylvania, y se especializó en echar por tierra las teorías de supuestas “oleadas de crímenes”. En revistas especializadas en criminología escribió cuatro artículos sobre lo que considera el miedo injustificado que en Inglaterra se le tiene a los asesinos en serie. (1) En Intimate Enemies. Moral Panics in Contemporary Great Britain, libro que publicó en 1992, ofrece un amplio análisis de su visión respecto a los temores que se han “construido” para encubrir la “cacería de brujas” por satanismo, violación, incesto, pedofilia, pornografía infantil, homosexualidad y consumo de drogas. Los “promotores de la moralidad” le fabrican una “amenaza imaginaria” a cada caso; es su forma de hacer “política simbólica”.

En la mayoría de los casos, afirma Jenkins, estos pánicos están interconectados. “Entre los activistas que ya han explotado con éxito un asunto determinado, existe la tendencia natural a emplear una retórica similar y los mismos ejemplos en otra causa relacionada”. A este fenómeno lo denomina “la convergencia del problema”. Así, las feministas se sirven de la violación, los asesinatos en serie, el abuso infantil y la pornografía para promover su movimiento. Al gobierno se le induce a que asuma el control sobre estas amenazas inexistentes, con lo cual éste crea sus propias amenazas al reprimir sobre la base de la histeria colectiva. El temor británico a la pedofilia, por ejemplo, representa “un ataque más o menos encubierto a los derechos de los homosexuales”. Cuando la pedofilia se complicó e incluyó a niños de la religión anglicana, el resultado fue el surgimiento de una “poderosa imagen anticlerical”.

Después de haber establecido ya sus normas liberales y permisivas, Jenkins hizo una excepción en su libro Beyond Tolerance, publicado en 2001. Aún después de haber criticado fuertemente el pánico a la pornografía infantil, fue él mismo quien descubrió una forma de verdadera explotación a través de Internet—la filmación de actos sexuales con niños preadolescentes.  Pero no quiso proscribirlos, pues invitar al gobierno a ejercer su control es invitarlo a ejercer la represión –las leyes actuales sobre pornografía infantil, por ejemplo, amenazan la representación legítima de la sexualidad adolescente, como se dio en Lolita o en American Beauty. Sólo China y Birmania han logrado suprimir por completo la pornografía infantil, suprimiendo la libertad.

Jenkins considera que todo este pavor al abuso infantil es el resultado de confundir dos cosas diferentes, ambas designadas por el mismo nombre: pedofilia. Para él, la verdadera pedofilia (amar a un niño) se refiere a los preadolescentes. No está a favor, pero argumenta que restringirla puede amenazar a otro tipo de acto sexual muy diferente, aquel con post-adolescentes, al que denomina efebofilia (amar a un muchacho). Sostiene que las leyes que castigan la violación no deben denigrar el amor adolescente, pues no hay nada en la naturaleza (en oposición a las costumbres y tradiciones) que niegue la fuerza del consentimiento sexual de adolescentes muy jóvenes. En los Estados Unidos, “desde el periodo colonial hasta el siglo XIX, se consideró que las niñas de 10 años estaban ya en la edad de la madurez y el consentimiento sexual”. Es difícil distinguir si hay o no pornografía adolescente en la publicidad de Gap y en Internet en general, a cuyos efectos benéficos Jenkins reacciona con lirismo pues la contrasta con el falso preciosismo de la pornografía que aparece en los principales medios.

Podríamos argumentar que las características altamente democráticas y de fácil acceso a la sexualidad por Internet, reditúan en un beneficio social al presentar gente común y corriente, con defectos e imperfecciones, en vez de distorsionar e idealizar imágenes como por mucho tiempo lo han hecho las revistas y las películas con clasificación para adultos.

Jenkins  hace notar que incluso mujeres planas o muy gordas se han convertido en estrellas porno a través de Internet, lo que ha cambiado los estándares de belleza “de una manera que muchos críticos catalogarían de positiva”, ya que vuelve la indecencia de Playboy más igualitaria al ofrecer la imagen de cualquier vecina. Internet nos acerca a la imagen del tipo que vemos por ahí todos los días, lo cual, según Jenkins, es un gran avance.

¿Cómo fue que este adulador de la pornografía y del amor a los muchachos se convirtió en el héroe de los católicos disidentes? El hombre que dedicó su vida profesional a denunciar el oportunismo de quienes crean pánicos, se convirtió el mismo en el oportunista del anti-pánico. Pasando por alto todas las demás cosas que dice y todas las razones que tiene para decirlas, las publicaciones católicas se apegaron a lo que de su libro Pedophiles and Priests [Pedófilos y Sacerdotes], publicado en 1996, les resultó útil. Este libro le asignó a la iglesia católica norteamericana los mismos preceptos que aplicó a seglares y anglicanos en Inglaterra. Para él todos los pánicos son artificiales; sólo se tiene que aplicar el principio cui bono [expresión latina que significa: ¿Quién saca provecho?] y ver quién fabrica el pánico. Los principales villanos en la crisis de los curas pedófilos de la década de los noventa fueron los anti-católicos, los abogados codiciosos, los magistrados y funcionarios con ansias de fama; periódicos sensacionalistas, terapeutas en espera de clientes y feministas en busca de apoyo a su “teología del abuso”. Jenkins parece no  tomar nunca en consideración la posibilidad de que el pánico no haya sido fabricado, o que pudo haber muchos factores que más bien impidieron, y no tanto que promovieron, que se revelaran los vicios de los sacerdotes. En la cultura norteamericana está muy enraizada la renuencia a juzgar, denunciar o exponer a los sacerdotes.

Los defensores de los obispos norteamericanos han promovido con beneplácito las afirmaciones de Jenkins en cuanto a que todo lo que hay en el fenómeno de los curas pedófilos no es más que mala fe por parte de quienes lo “explotan”.  Incluso han sostenido que su testimonio tiene mucho más vigor y no es interesado, pues Jenkins no es católico. Gracias a su ayuda pudieron eliminar o por lo menos minimizar el “pánico” y esto le permitió al Cardenal Bernard Law continuar enviando a los curas difamados a parroquias ordinarias, con los resultados que ya hemos visto tanto en Boston como en otros lugares. Cuando en los años noventa el Cardenal Law invocó el juicio de Dios en The Boston Globe,  estaba asumiendo a su manera la misma técnica de ataque de Jenkins a “los intereses políticos de los activistas y de grupos que utilizan los medios para proyectar sus muy particulares interpretaciones de la crisis putativa”.

 
CACERÍA DE BRUJAS

 

A pesar de los malos resultados que se obtuvieron bajo el liderazgo de Jenkins en la última década, algunos conservadores siguen empleando sus métodos para responder a la situación actual. Robert Novak, comentarista del programa de televisión Crossfire, repitió que los católicos liberales atacan al Cardenal Law por su intransigente oposición a la contracepción –dedicarle tanta atención a las opiniones de Law es un misterio, pues la gran mayoría de los católicos (más del 80% según algunas encuestas) las desoye. La extraña conspiración liberal en contra de Law ha provocado que muchos católicos conservadores le pidan que renuncie—William Buckley, William Bennett, Patrcik Buchanan y Hill O’Reilly, entre otros [y que terminó haciendo en diciembre del 2002. N.T.]. También el sindicato de la derecha extrema, el Union Leader de Manchester, ha solicitado la renuncia del Obispo de New Hampshire, John McCormack, porque éste ha colaborado con Law en la reubicación de los pedófilos acusados. Otros piensan que se necesita una “agenda” liberal para poder atender a la juventud que ha sufrido el abuso sexual (“Agenda” es la imprecación en boga—quien quiera que diga tener una, queda inmediatamente descalificado para expresar opinión alguna. Parece ser que sólo vale la pena escuchar a aquel que no lleva rumbo o que no tiene un plan al cual adherirse).

De hecho, se pensaba que gran parte de los defensores del Cardenal Law no eran conservadores. En la publicación Commonweal, antes liberal, apareció una editorial contra el pánico redactada en un estilo totalmente jenkiano, en la que se le compara con “la cacería de brujas anti-comunista de principios de la década de los cincuenta” (2). Peter Steinfels, editor en religión de The New York Times, casado a su vez con la editora de Commonweal, escribió en su periódico que el Cardenal Law realizó un buen trabajo de limpieza durante los años noventa, al sacar a todos los curas pedófilos; pero cometió el error de no publicitar su acción, con lo cual dio a los abogados la oportunidad de “inflar los cargos y utilizar los medios noticiosos para jugar con los temores y prejuicios de la gente y así avergonzar a la iglesia desde sus cimientos” (3). Keneth Woodward, ex-católico liberal y editor de Newsweek, le dijo a Don Imus que los abogados que se especializan en la defensa de las supuestas víctimas, deberían sentir vergüenza cuando les dicen a sus hijos cómo se ganan la vida.

El ofuscamiento en torno a la reputación de los acusadores parece ir más allá de la encomiable preocupación por los derechos de los acusados y omite el hecho de que fue sólo a partir de las demandas presentadas por las víctimas del abuso que la iglesia se ha visto obligada a revelar lo sucedido. El Cardenal de Los Ángeles, Roger Mahony, últimamente se ha vanagloriado del exhaustivo plan que instituyó el año pasado para investigar y exponer la pedofilia. Se olvida de mencionar que su detallado plan de once puntos le fue impuesto a una diócesis renuente cuando la víctima de uno de los sacerdotes  impuso esa condición al momento de entablar su demanda (4). No obstante, se le reconoce el hecho de que no juzgue a la crisis de artificial—pero sólo porque la presión legal le obligó a implantar lo que ahora denomina su posición iluminada. Tanto Woodward como Steinfels deben, por la lógica de su posición, reparar en que el Cardenal se ha unido a la “cacería de brujas”.

Es fácil, claro, estigmatizar a los abogados; los principales despachos han aceptado casos de supuesto abuso sexual, pero también ha habido otras oficinas legales pequeñas que se han aventurado  a trabajar con estas demandas, pues las posibilidades de derribar a la Iglesia  habían parecido mínimas. Sylvia Demarest, abogada, participó en el difícil caso que en 1997, en Dallas, sentó bases sin precedentes; ella conoció a las víctimas y a sus familiares. En ese caso, el jurado se enfureció tanto con lo que tomaron por mentiras del obispo que le enviaron una nota admonitoria e indemnizaron a las víctimas de los sacerdotes por 119 millones de dólares. Cuando la diócesis alegó que la penalidad era demasiado alta, las víctimas estuvieron de acuerdo en recibir sólo una cuarta parte de lo que se les debía. Hay que recordar, no obstante, que cuando se ha tratado de sumas muy grandes, los obispos han propuesto llegar a acuerdos privados para evitar que los jurados expresen sus puntos de vista y exijan incluso penalidades más elevadas. Al incluir al silencio como parte de la negociación, se mantiene toda la cuestión en secreto. Esa fue la dinámica que empleó el Cardenal Mahony para acordar políticas nuevas y también para determinar la suma de dinero.

Hay razones para temer falsas acusaciones, como sucedió en las guarderías en donde se involucró a niños muy pequeños pero con capacidad de “recordar”. Sin embargo, muchas de las acusaciones en contra de sacerdotes no se refieren a niños que recuerdan, sino más bien a adolescentes que se enfrentan a la vergüenza y las amenazas que la Iglesia les evoca. La amplia revisión que se ha efectuado recientemente de casos de pedofilia en general sugiere que un 5% de las acusaciones han probado ser falsas (5); pero se trata de una encuesta hecha tanto a niños como a niñas, víctimas igualmente de abusadores laicos o clericales. Es posible que el número de acusaciones falsas sea inferior en los casos referentes sólo a varones, donde se ejerce presión ante la resistencia o ante la revelación, cuando hay una autoridad religiosa de por medio. Por otra parte, los familiares no creen que dicha autoridad pueda errar, y al mismo tiempo hay un fuerte prejuicio cultural a aceptar el abuso sexual por un perpetrador del mismo sexo. Michael Dorais sostiene que este último factor inhibe a las víctimas de hombres y les impide hablar aún en los casos en los que la religión no es parte del delito. También pone énfasis en la importancia psicológica de llegar a un acuerdo financiero como forma social de endoso y de que se ha validado la denuncia. Es importante que alguna autoridad legitime su situación, pues sería muy raro que un pedófilo lo hiciera—y es peor en el caso de los abusos perpetrados por sacerdotes, pues la jerarquía les prohíbe admitir o disculparse si no hay coerción legal.  Muchos padres de niños maltratados solicitaron únicamente una disculpa y la dimisión del sacerdote—y algunos sólo entablaron demanda cuando encontraron que la disculpa era mínima o vacua, y que la prometida dimisión no se había cumplido. Dorais escribió: “Ciertamente, la compensación material no aminora el dolor interno, pero puede permitir buscar la asistencia que ayude a la víctima a encarar lo que le está sucediendo. Muchas víctimas del abuso sexual sienten que no se ha hecho ni se hará nada por ellos. Paradójicamente, si quieren voltear la página primero deben reconocerse como víctimas.”

 
LA VERDADERA PEDOFILIA

 

Los defensores de la jerarquía siguen confiando en Pedfophiles and Priests de Jenkins, porque les gusta la distinción que éste hace entre pedófilos y efebófilos. Kenneth Woodward, en sus tantas apariciones en la televisión, no se cansa de remarcar la importancia de tal diferenciación. Si la pedofilia “verdadera”  se refiere únicamente al abuso sexual en pre-púberes, automáticamente se reduce el número de sacerdotes a los que se les puede acusar de pedófilos. Aquellos que “sólo” atacan a adolescentes parecen mucho menos monstruosos y—en cierto modo—dignos de perdón. Como lo mencionó en Roma el Cardenal de Chicago, Francis George, hay diferencias entre un pedófilo y un sacerdote quien “quizá bajo el influjo del alcohol se enreda con una joven de 16 o 17 años, que le corresponde en su amor” (7). Jenkins escribe: “En la ley de la Iglesia Católica, la edad del consentimiento sexual es a los 16 años, y no a los 18 como lo consideran la mayoría de las jurisdicciones norteamericanas”.

Como los defensores de los obispos están armando gran alboroto con la diferenciación entre pedofilia y efebofilia, vale la pena dedicarle un momento a este asunto lingüístico. La palabra en cuestión proviene del griego pais, cuya raíz es paid (niño), como en enseñanza infantil (paideia). Es la misma palabra que se emplea en “pediatría” (curación infantil) y en “enciclopedia” (círculo de enseñanza infantil), por lo que William Safire sugiere que deberíamos pronunciar “peedofilia”, pero de ser así deberíamos también pronunciar “peedante” y “peedagogo”. Aquí no hay regla de pronunciación, es sólo una regla de uso. En su obra Intimate Enemies, Jenkins trata de distinguir entre pedófilos y pederastas (o peederastas)—este último como término alternativo para efebófilo. En el fenómeno griego que nos brindó tanto las palabras como los conceptos, no se encuentra la justificación a esta diferenciación. Los griegos empleaban los términos pederastia y paidofilia como sinónimos exactos, para referir el interés por los adolescentes. No tuvieron, por lo tanto, necesidad de emplear el término “efebófilo”, que es de acuñación moderna y debería desecharse.

Para los griegos, el chico adolescente objeto de amor podía ser un philos (ser querido), o igualmente un ero menos (ser amado); ambas palabras referían a adolescentes. Theognis  designa al chico amado como philos y al amante como paidophile¯s, y a la relación entre ellos dos como philia. La palabra pais no significó “niño” (para lo cual estaba paidio), sino mozo (en ocasiones doncella), aquel capaz de adquirir paideia,  el niño porquerizo capaz de criar puercos (La Iliada 21.282), de tener relaciones sexuales (Lysistrata 595), de ser quien sirve el vino a Zeus (Ganimedes). La palabra incluso se utilizó igual que garçon, para referir a un sirviente de cualquier edad—con el mismo uso peyorativo de “boy” para apelar a un hombre de color en el Sur de Estados Unidos, o de “lad” (mozo o mozalbete), para un subordinado.

Se dice que algunos terapeutas modernos limitan la pedofilia al acto sexual que se lleva a cabo con pre-púberes, lo cual puede ser útil para diferenciar las formas de tratamiento. Pero éste no es el significado de pedofilia ni en la historia ni en la cultura en un amplio sentido. En su libro Priests and Pedophiles, Jenkins declaró que el National Catholic Reporter comenzó a denominar “pedófilos” a los sacerdotes que han tenido sexo con adolescentes, como parte de su retórica de degradación (8). Esta palabra no es un invento malicioso—es empleada incluso por quienes abogan por el amor a un muchacho; véase como ejemplo lo que Harris Mirkin expresamente llama “pedofilia” en su artículo (9). Las evasivas retóricas son aquí posesión de Jenkins.

Hay que aceptar que existe una diferencia entre el sexo con un joven antes y después de la pubertad. Para la instancia legal, en ambos casos se trata de sexo con un menor de edad, pero la coerción ejercida a un niño es mucha y el adulto en cuestión obviamente es un enfermo. Sin embargo, el daño no necesariamente es mayor. El sexo con un niño, atroz como suena, puede constituir para él la parte inexplicable de un mundo que no se conecta a otras realidades. Los psicólogos infantiles señalan que los niños pueden aprender mucho y muy rápido porque son inexorablemente eficientes para desechar la información que no les es de utilidad (10). Pero Michael Dorais, en su detallado estudio  en niños maltratados, argumenta que el abuso a adolescentes es especialmente confuso, pues ocurre en el momento en que se cuestiona la identidad, cuando las normas no han quedado del todo claras y siempre queda la sombra de la culpa. Todo ello lo conectan a sus otras realidades, ya en sí misteriosas. Aquellos que proclaman que la mayoría de los delitos perpetrados por sacerdotes han sido en contra de adolescentes, aceptan de hecho que el recuerdo de éstos es válido, pues es mucho más cuestionable lo que se recuerda (digamos) de la temprana infancia.

La culpa y la inhibición han formado parte de la esencia de los muchachos criados bajo el cobijo de la cultura católica de la ignorancia sexual y el pecado. La monjas se rehusaban a hablar de sexo si no era para amenazar y los sacerdotes lo juzgaban mecánicamente en los confesionarios. La ignorancia del sexo en la cultura católica nos alcanzó a mí y a mi entonces prometida en 1959, cuando el sacerdote de nuestra parroquia nos ordenó asistir a una “plática prenupcial”, que es un curso de preparación para el matrimonio impartido por una pareja laica. En él se nos separó por género y se nos habló de “las verdades de la vida” como si nosotros no supiéramos nada del sexo. Al grupo masculino se le aconsejó ser tierno, cariñoso y halagador con su esposa, ya que eso era lo único que ella obtendría—las mujeres son incapaces para el orgasmo. Mi esposa y yo teníamos veintitantos años y nos burlamos de esta estupidez oficialmente patrocinada; lo mismo le ocurrió a los de 18. ¿Bajo qué tipo de ignorancia y qué cultura puede un sacerdote depredador relacionarse con un muchacho de 15 años?

Lo que más impacta de los casos que se han revelado últimamente no es el número de sacerdotes católicos que han abusado de niños—bastante desmoralizador en sí—sino la repetida facilidad con la que estos depredadores (sin importar el número) vuelven a acometer en contra de una población vulnerable de niños católicos que han sido desarmados por la benignidad de una instrucción, o por la falta total de instrucción sexual. Decir que esto no es tan grave pues no se trata de “verdadera pedofilia” es una violación y otro abuso más sobre las víctimas.

 
VÍCTIMAS QUE CONSIENTEN

 

Quienes (como Kenneth Woodward) favorecen esa falsa categorización en efebófilos, pueden caer en la tremenda tentación de culpar a las víctimas argumentando que, a diferencia de los niños, a ellos debe conferírseles un cierto grado de aceptación de lo que se les hace. El Cardenal George limitó las acusaciones de un caso la complicidad entre un sacerdote y una chica de 16 años, pero un monseñor en Dallas que ayudó a transferir a un cura de una parroquia a otra, llegó más lejos. El Padre Robert Rehkemper dijo de las víctimas: “Ellos... sabían ya discernir entre lo bueno y lo malo... Quienquiera que alcance la edad de la razón comparte la responsabilidad de sus actos, por lo tanto todos somos responsables una vez que cumplimos 6 o 7 años”—edad en la que los niños católicos son ya considerados lo suficientemente responsables para  admitir  sus propios pecados en el confesionario (11). Este monseñor es más permisivo que Jenkins mismo, quien por lo menos a los pre-púberes los deja fuera del sexo conscientemente aceptado, pero algunos apologistas del catolicismo apoyan tentativamente la opinión que Jenkins tiene sobre el consentimiento de los menores—posición que algunos defienden enérgicamente. Judith Levine,  igual que Jenkins, descarta “el pánico pedofílico” en su libro Harmful to Minors. Estudia ampliamente el caso de una chica de trece años que conoció por Internet a un hombre de 20 años, se enamoró, se fugó y sigue con él a pesar de que sus padres lo demandaron, lo hicieron enjuiciar y lo encarcelaron, en un caso donde este muchacho bien pudo haber sido la víctima de un sexo no tan voluntario como fue el de ella. Levine presenta, aunque de manera indirecta y discreta, que el hombre en cuestión no había sido capaz de mantener un trabajo estable, que ya había concebido dos hijos mediante una relación de abuso, que ya tenía un historial médico de perturbaciones mentales y una “abultada lista de antecedentes (penales) en su contra”. Ella considera que todo esto mitiga más que agrava, el hecho de que, a pesar de los nueve años de diferencia, la “edad emocional e intelectual” de él es muy cercana a la de ella. Levine considera que los padres cometieron un error al procesar a estos Romeo y Julieta y al “satanizarlo” a él, tratándolo de monstruo—como si ellos no tuvieran la responsabilidad de salvar a su hija de las consecuencias de semejante elección. Cuando en una entrevista para  Salon se le preguntó que haría ella si tuviera una hija en tal situación, Levine respondió que utilizaría el método de la persuasión.

Aunque Levine es muy buena para ciertos aspectos del comportamiento social frente al sexo—especialmente en cuanto a los absurdos del éxito republicano al equiparar la educación sexual con su promoción de la abstinencia en las escuelas públicas—ella busca sus evidencias de manera muy selectiva. Después de decirnos que escucharía a los jóvenes y trataría de averiguar qué quieren realmente, descarta igualmente una encuesta en la que se demuestra que las mujeres se arrepienten de haber iniciado las relaciones sexuales a edad temprana. Según Levine, esto nada más demuestra cómo nuestra cultura impone sentimientos de culpa donde no debe haberlos. Eso es escuchar demasiado.

Harris Mirkin justifica la denominación directa de pedofilia, argumentando que tanto los derechos de las mujeres como la homosexualidad fueron una vez considerados no naturales, pero después fueron aprobados, así que a la larga lo mismo ocurrirá con la pedofilia. También podríamos argumentar que hubo  un tiempo en el que el incesto y el asesinato fueron considerados no naturales y que por lo tanto, a la larga, pueden volverse respetables. De nuevo, hay que preguntarse qué hacen los católicos conservadores. Una de las respuestas es  que Philip Jenkins los guió, pues pareció ofrecerles a los sacerdotes una salida a las acusaciones de pedofilia. Aparentemente se ha avanzado un paso al permitir a los sacerdotes practicar el sexo con parejas que lo “consientan”, no con niños indefensos. Siguen haciendo las cosas mal, pero ya no son monstruosos.

Hay que admitir la posibilidad de que un adolescente ya no tan joven, que es homosexual, se enrede en una relación de amor con un hombre mayor, pero la disparidad del poder de cada uno siempre cuestionará la calidad de consentimiento por parte del muchacho y la responsabilidad amorosa por parte del adulto, especialmente donde hay una autoridad religiosa en cuestión. Las objeciones al sexo entre estudiante-maestro o entre empleador-empleado, donde el empleado ya es un adulto, conllevan una cierta fuerza—pero no necesariamente la fuerza que hay entre sacerdotes y muchachos. Además, los casos aquí tratados son casos en los que los demandantes proclaman cierto grado de coerción, no de un amor basado en la confianza.

 
LA AMENAZA HOMOSEXUAL

 

Una segunda tentación en la que pueden caer los conservadores que adoptan a la efebofilia como estrategia—después de culpar a la víctima—es la tendencia a pensar que la homosexualidad desemboca en el abuso a menores. Si los adolescentes ya son capaces de decidir si aceptan o no ¿cuál es el daño? Los conservadores se han apresurado a responder que el sexo en sí no es malo, es más bien el sexo con alguien del mismo género lo que es malo. Según ellos, la actividad sexual de un adulto o de un adolescente es perversa si se trata de una actividad homosexual. Para poder culpar a los homosexuales, algunos atribuirán el abuso al alto número de éstos dentro del sacerdocio. Esto le da al asunto un aire de conspiración en  los círculos del ala derecha. Michael Rose, en Good-Bye, Good Men, discurre que los homosexuales están desmantelando el sacerdocio en los seminarios; que ellos quieren destruir las doctrinas de la iglesia no sólo en materia sexual sino en otras creencias también.

Hay católicos más ecuánimes, como Avery Dulles, que proclaman que durante los endemoniados años sesenta, se admitió a radicales y homosexuales en los seminarios, pero que la dirección conservadora del actual Papa va remediando lentamente la situación (12).  Sin embargo, Rose nos pinta un cuadro en el que se sigue rechazando a candidatos bondadosos y leales en los seminarios. Ambos, tanto los conservadores histéricos como los más calmados se imaginan que hay una pila de gente entre la población católica que no está de acuerdo con el 80% restante, es decir, que rechazan las enseñanzas del Papa. También pasan por alto que muchos de los pedófilos aprehendidos ingresaron al seminario antes de los años sesenta.

No hay razón para pensar que la homosexualidad en sí, más que la heterosexualidad, conviertan a un hombre en un abusador de niños, pero la presión para encubrir el abuso por parte de sacerdotes es mucho mayor en la Iglesia Católica que en la vida secular, o que en cualquier otra religión que no condena la homosexualidad. Otras denominaciones cristianas han debatido abiertamente la inclusión de homosexuales a su ministerio y algunas incluso ya los han aceptado como pastores. Este tipo de discusión abierta ha quedado frustrada entre católicos pues el Vaticano ha condenado duramente toda actividad homosexual, provocando que los sacerdotes homosexuales vivan furtivamente y participen en el encubrimiento de ciertas acciones obligados por la jerarquía.

El escándalo actual no es un escándalo sexual, es un escándalo de deshonestidad. Abarca lo que describí hace dos años como “estructura del engaño” en mi libro Papal Sin. Hasta que la jerarquía “salga limpia”—ante sí, ante los fieles, ante el mundo—el instinto por la culpa artificiosa y la denuncia equitativa y justa se interpondrá entre ella y todo aquello que ella proclama profesar. El problema no es con la Iglesia, ni con gente de Dios, sino con quienes que proclaman ser la Iglesia, al interior de una estructura porosa, llena de pretensiones, de hipocresía y evasión. El corazón de la verdadera fe, el sentido común de la feligresía y la profunda creencia en salvaguardar las verdades del credo, resurgirán más sólidas después de que toda esta parafernalia de mentiras colapse.

 

Garry Wills es periodista católico, premio Pulitzer 1993.

 

Notas.

[1] "Myth and Murder: The Serial Murder Panic of 1983–1985," Criminal Justice Research Bulletin, Vol. 3 (1988); "Serial Murder in England, 1940– 1985," Journal of Criminal Justice, Vol. 16 (1988); "Sharing Murder: Understanding Group Serial Homicide," Journal of Crime and Justice, Vol. 13 (1991); "Changing Perceptions of Serial Murder in Contemporary England," Journal of Contemporary Criminal Justice, Vol. 7 (1991).

[2] "The Whole Story," Commonweal, Abril 5, 2002.

[3] Peter Steinfels, "Beliefs," The New York Times, Febrero 9, 2002.

[4] William Lobdell, "Diocese's Policies Reflect Settlement," Los Angeles Times, Abril 28, 2002.

[5] M.D. Everson and B.W. Boat, "False Allegations of Sexual Abuse of Children and Adolescents," Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry, Vol. 28 (1989), pp. 230– 25.

[6] Michel Dorais, Don't Tell: The Sexual Abuse of Boys traducido por Isabel Denholm Meyer (McGill-Queen's University Press, 2002), pp. 42–48.

[7] Catherine Caporusso Harman, "NOW Shoots First," Chicago Tribune, Abril 27, 2002.

[8] Jenkins repitió esta misma acusación en contra de The National Catholic Reporter en un artículo en el Wall Street Journal (26 de marzo, 2002), "The Catholic Church's Cultural Clash."

[9] Harris Mirkin, "The Pattern of Sexual Politics: Feminism, Homosexuality, and Pedophilia," Journal of Homosexuality, Vol. 37 (1999), pp. 1–24.

[10] Alison Gopnik, Andrew N. Meltzoff, Patricia K. Kuhl, The Scientist in the Crib: Minds, Brains, and How Children Learn (Morrow, 2000), pp. 45–52.

[11] Ed Housewright, "Parents of Abused Boys Share Blame in Kos Case, Ex-Diocese Official Says," Dallas Morning News, 8 de Agosto, 1997.

[12] Avery Dulles, S.J., "The Jesuit Enigma," First Things, Abril 2002.

 

 

 

 

 

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